"Nadie en su sano juicio elige arriesgar su vida embarcándose hacia lo desconocido en un viaje plagado de peligros"
Marianne Gasser, jefa de la delegación del CICR en Damasco, Siria
Un poco de contexto…
La ciudad que en España conocemos como Leópolis tiene un pasado convulso de disputas y múltiples cambios de fronteras, además de haber sido el escenario de varias batallas. Hay quien dice que Leópolis es la ciudad de los mil nombres: Leopolis (latín), Lemberg (alemán), Lemberik (yídis), Lwów (polaco), Lvov (ruso), Lviv (ucraniano). Esta pequeña ciudad se fundó en el siglo XIII, como capital de Galitizia. Desde entonces, ha sido una ciudad rutena, polaca, austriaca, soviética, alemana, ucraniana. Actualmente pertenece a Ucrania y, de hecho, fue nombrada capital cultural ucraniana en el año 2009.
En 1945, Leópolis era una de las ciudades más importantes de la Polonia libre, y es en este contexto en el que nace nuestro poeta, Adam Zagajewski. Sin embargo, en 1946, Leópolis pasa a formar parte de la Unión Soviética, por lo que la familia de Adam, al igual que muchas otras familias polacas, se ve obligada a abandonar la ciudad. Esta familia emigra, concretamente, a Silesia, provincia que antiguamente había sido alemana y que, tras la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en polaca.
Adam Zagajewski comenzó a escribir en torno a los años 60. Creía que la poesía debía ser una muestra de rebeldía a la par que un mecanismo mediante el que luchar contra la tiranía. Nuestro autor pertenece a la Generación del 68, también conocida como la Generación de la Nueva Ola, que se caracteriza por una poesía comprometida políticamente. Al cabo de casi dos décadas, en los años 80, se exilió de Polonia: emigró a París y, posteriormente, a Estados Unidos. Finalmente, en el año 2002, se trasladó a Cracovia, donde vivió hasta el día de su muerte.
En cuanto a su recorrido literario, una vez que emigró, Zagajewski comenzó a pensar que, quizás, la celebración y el agradecimiento tenían mucha más cabida en la poesía que la protesta y la rebeldía. Sus temas principales son el amor, el paso del tiempo, la muerte, la soledad y la memoria. A diferencia de esos autores que conciben la poesía como un trabalenguas conceptual, Zagajewski es un poeta sensible que inspira sus obras en los temas y en las imágenes más comunes de la vida de los seres humanos.
En el fondo, nuestro autor es hijo de las consecuencias de la postguerra y de los acuerdos posteriores que determinaron las nuevas fronteras surgidas a raíz de la contienda. Su infancia estuvo marcada por las atrocidades que se cometieron durante la Segunda Guerra Mundial; creció y pasó su adolescencia en la Polonia comunista, donde toda disidencia estaba prohibida. Su obra refleja esta experiencia vital.
Murió a la edad de 75 años, el 21 de marzo de 2021. Su muerte coincidió con el Día Mundial de la Poesía; el Día Mundial de la Poesía conmemora una de las formas más puras y antiguas de expresión artística. Aquel 21 de marzo de 2021, se conmemoró también la vida de Adam Zagajewski: su muerte dejó un vacío importante en el ámbito de la poesía del exilio y en el mundo de la poesía en general.
Tierra de fuego (2004)
Su poemario Tierra de Fuego (2004) lo convierte en una de las voces más importantes del panorama nacional. Dentro de este poemario nos encontramos con el poema “Refugiados”, poema pausado, melancólico y que nos descubre la realidad de las personas refugiadas. El texto es doloroso a la par que sublime.
Es, además, un poema atemporal: publicado en el 2004, tiene vigencia hoy en día. Las personas de las que habla Adam Zagajewski tienen hoy el rostro de millones de ucranianos y palestinos que arriesgan todo lo que tienen en busca de una vida incierta.
Refugiados, de Adam Zagajewski
Encorvados por una carga
Que a veces es visible, otras no,
Avanzan por el barro, o arena del desierto,
Inclinados, hambrientos,
hombres taciturnos con gruesos caftanes,
vestidos para las cuatro estaciones,
ancianas con caras llenas de arrugas
llevando algo, que puede ser un bebé, una lámpara
(familiar), o quizá la última hogaza.
Esto puede ser Bosnia, hoy,
Polonia en septiembre del 39, Francia
(ocho meses después), Turingia en el 45,
Somalia, Afganistán, Egipto.
Siempre hay un carro, o como mínimo un carretón
Repleto de tesoros (colchas, tazas de plata,
y el aroma de casa que se evapora rápidamente),
un coche sin gasolina, abandonado en la cuneta,
un caballo (será traicionado), nieve, mucha nieve,
demasiada nieve, demasiado sol, demasiada lluvia,
y esta inclinación tan característica,
como hacia otro planeta mejor, un planeta
que tiene generales con menos ambición,
menos cañones, menos nieve, menos viento,
menos Historia (este planeta, por desgracia,
no existe, solo existe la inclinación).
Arrastrando las piernas
van despacio, muy despacio
al país de Ningún Sitio,
a la ciudad Nadie
en la orilla del río Nunca.
Comentario del poema
Detrás de la aparente sencillez de este texto, se encuentra un poema cargado de metáforas e imágenes que no hacen sino mostrarnos la dureza de la realidad de las personas que se ven obligadas a abandonar su Patria por razones políticas o bélicas.
La primera estrofa del poema nos presenta a los protagonistas y su situación: personas que, hambrientas y cansadas, caminan con esfuerzo. En este sentido, nos encontramos con una metáfora: “Una carga que a veces es visible, otras no”. Lo visible es el equipaje que transportan los refugiados, lo que nos muestran las fotografías de los informativos, lo explícito. Lo que no se ve, lo invisible, son las preocupaciones, las emociones, los sentimientos… de las personas que abandonan su patria. Esta carga, normalmente, es mucho más pesada que la que sí se ve.
En la segunda estrofa, el poeta profundiza en las personas que realizan este peregrinaje, enumerándolos: los refugiados son hombres, ancianas, bebés… los refugiados pueden tomar el rostro de cualquier persona.
Observamos que varios refugiados son “hombres taciturnos con gruesos caftanes, vestidos para las cuatro estaciones”. El caftán hace referencia al origen de esos hombres y “las cuatro estaciones”, al paso del tiempo. Efectivamente, están preparados para todo tipo de climatología porque desconocen cuánto tiempo van a pasar en esa situación.
Siguiendo con esta estrofa, observamos una comparación entre el bebé, una lámpara familiar (un objeto de su antigua vida) y una hogaza de pan. Esta comparación tan cruda subraya que, en esta situación, para algunas personas o en algunas situaciones límite una vida humana puede ser tan valiosa como una hogaza de pan. Además, compara también el valor de la vida humana con los recuerdos de su antigua vida (la lámpara). Muchas personas, a la hora de emigrar, se aferran a estos recuerdos como si fueran su mayor tesoro, pues es lo único que se llevan de su patria.
La tercera estrofa empieza con otra enumeración: varios países (y de distintos continentes) cuyos ciudadanos se han visto obligados, en un momento u otro, a abandonar su tierra natal por motivos políticos o bélicos. Dentro de esta enumeración, el poeta menciona “Polonia en septiembre del 39”, un hecho histórico que vivió la familia de nuestro autor. Con esta enumeración queda patente que, a lo largo de la Historia, siempre ha habido (y habrá) refugiados. Efectivamente, insiste en la idea de que todos podemos sufrir esta situación límite sin importar momento o el lugar.
Si en la segunda estrofa se realizaba una descripción de los refugiados, en esta cuarta estrofa, y partiendo de una enumeración, se habla de cómo es ese exilio, de los tesoros que se llevan consigo los refugiados. Llama poderosamente la atención que los tesoros no sean joyas ni oro, sino recuerdos de la vida que van a dejar atrás. También averiguamos que la mayor parte del camino es a pie: cuando el coche se queda sin gasolina, lo abandonan; cuando el hambre arrecia no queda más remedio que comerse al caballo: “un caballo (será traicionado)”. La enumeración de los versos cinco y seis sobre el clima hace referencia, una vez más, al paso del tiempo. Las estaciones, al igual que los meses, se van sucediendo, mientras los refugiados tratan de llegar a alguna parte.
En la última estrofa, el poeta retoma la imagen de esos refugiados que caminan cansados, encorvados, arrastrando los pies. Ese final, “al país de Ningún Sitio, a la ciudad Nadie en la orilla del río Nunca” refleja la vida del refugiado: nunca saben muy bien cuál es su destino final ni cuánto tardarán en llegar a él. Caminan sin rumbo, tratando de volver a encontrar su lugar en el mundo después de haber sido obligados a dejar atrás su tierra, su patria. En esta última estrofa también ejemplifica el concepto no-lugar: en ese camino que los refugiados hacen por encontrar su sitio en el mundo pasan por múltiples ciudades, atraviesan varios ríos, recorren distintos países… la identidad del individuo refugiado se difumina
En definitiva, Adam Zagajewski construye un poema en el que podemos observar como los refugiados se ven obligados a encontrar un lugar provisional, nunca del todo cierto ni seguro, para poder habitar y transitar como si fueran nómadas y como, a pesar de verse obligado a huir de sus países, todavía sienten un profundo amor por su patria y cargan con ellos objetos con los que evocar sus hogares.